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Historia de Cangas de Onís: un viaje en el tiempo, desde cuevas hasta reyes

Estatua Don Pelayo

Imagina por un momento que retrocedes 18.000 años. No hay carreteras, ni coches, ni smartphones. Solo tú, un paraje lleno de bosques, ríos serpenteando entre montañas… y un grupo de cazadores-recolectores intentando atrapar un ciervo que parece decidido a ponerlos a prueba. ¡Bienvenido al Paleolítico de Cangas de Onís!

Sí, suena remoto, pero este rincón de Asturias ya estaba habitado mucho antes de que se construyeran castillos o se escribieran crónicas reales. 

Las cuevas de la zona guardan pinturas y esculturas que nos permiten asomarnos a la vida de estos primeros habitantes: cabras, ciervos, caballos… y hasta aves talladas en colmillos de oso. Los humanos de entonces tenían hambre, sí, pero también un gusto estético bastante impresionante.

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De cuevas a dólmenes: el Neolítico y la Edad del Bronce

Avancemos unos cuantos miles de años. Los primeros agricultores y ganaderos llegaron con un montón de ideas nuevas: sembrar, domesticar animales y, lo más importante, levantar dólmenes. No, no eran meros montículos de piedra; eran la manera que tenían de decir “aquí vivimos y nos importan los que nos precedieron”.

Imagina levantar cinco piedras enormes solo con tus manos… sin grúas ni palancas modernas. Eso es dedicación, ingenio… y un poquito de obsesión por dejar huella. Durante la Edad del Bronce, las comunidades se volvieron más sofisticadas: herramientas metálicas, objetos decorativos y nuevas técnicas de construcción. En pocas palabras, la región se estaba convirtiendo en un laboratorio humano de creatividad y supervivencia.

Los romanos llegan a Cangas de Onís

Cuando los romanos entran en escena, las cosas se ponen interesantes. Este territorio montañoso era difícil de conquistar, pero finalmente los pueblos locales se dejaron influir por la lengua, las costumbres y la religión romanas. Eso sí, no lo hicieron sin poner un poco de resistencia: no era fácil acostumbrarse a nuevas reglas cuando llevas generaciones viviendo a tu manera.

El legado romano queda en carreteras, en ciertas estructuras y, sobre todo, en la forma de organizarse: una especie de ensayo general de cómo se dirigiría la futura monarquía asturiana.

Puente Romano De Cangas De Onís

La estrella del show: el Reino de Asturias

Ahora sí: llega la parte épica. Estamos en el siglo VIII y Don Pelayo dice: “hasta aquí hemos llegado” frente a la invasión musulmana. La victoria en Covadonga no sólo es histórica, sino que marca el nacimiento del Reino de Asturias, con Cangas de Onís como primer corazón palpitante del reino.

Imagina una pequeña comunidad de montañeses enfrentándose a enormes ejércitos y, contra todo pronóstico, saliendo victoriosa. Desde Cangas se consolidaron decisiones estratégicas, se trazaron los primeros símbolos de poder y, sí, nacieron las primeras historias heroicas que luego se repetirían durante siglos. La villa no solo estaba gobernando: estaba haciendo historia. Literalmente.

Cruz De La Victoria

Siglos de calma, misterio y visitas reales

Tras el traslado de la corte a otros lugares, Cangas entró en un periodo de relativa calma, aunque no desapareció de la historia. Se mantuvo viva en fundaciones, visitas de delegados y curiosidades locales. Incluso cuando parecía que nadie miraba, su legado estaba ahí, esperando ser recordado.

Y cuando los siglos XVIII, XIX y XX llegaron, la atención volvió con fuerza: restauraciones, celebraciones y visitas de reyes. De repente, lo que antes era un rincón remoto se convirtió en símbolo de identidad y memoria, mostrando que incluso los pueblos más silenciosos pueden tener un gran protagonismo en la historia.

La historia que todavía se respira

Hoy, pasear por Cangas de Onís es como hojear un libro abierto de historia, aunque sin polvo ni páginas amarillas. Cada valle, cada río y cada camino cuenta algo: desde los primeros cazadores hasta los reyes fundadores. La historia de Cangas de Onís no se limita a fechas y nombres; está viva en la tradición, en las historias que se cuentan y en la memoria de quienes habitan estas tierras.

Es una historia que invita a imaginar, a reír con las anécdotas de tiempos antiguos y a sentir la emoción de estar en el mismo lugar donde hace siglos alguien decidió que era hora de construir un reino.